Claudio Fuentes
Han pasado ya casi 20 años desde la transición a la democracia y el
legado de las violaciones a los derechos humanos sigue acompañándonos.
Algunos sectores políticos y sociales han hecho llamados para cerrar
los temas del pasado y mirar al futuro, bajo la premisa que mantener
abiertos casos asociados al pasado sería un obstáculo para construir el
futuro. Otros, sin embargo, plantean precisamente lo contrario: no
existe posibilidad de construir un futuro democrático sin resolver los
temas del pasado. Cuando se observan las percepciones sociales
observamos que ellas están lejos de asociarse al olvido.
El tema no ha estado del todo ausente del debate presidencial, siendo
la reunión del candidato presidencial Sebastián Piñera con ex
uniformados lo que más atención había causado, por sus declaraciones
que propiciaban un cuestionamiento a los jueces y su intención de no
"eternizar" los procesos judiciales (¿Punto final? ¿Cierre de
procesos?). Su programa de gobierno sugiere lo siguiente: "Si bien la
política del Estado ha estado marcada por los objetivos de verdad,
reparación y reconciliación, ésta última no ha logrado producir todos
sus frutos. Por esa razón, en el próximo Gobierno la política en este
aspecto estará orientada por la búsqueda de la verdad y la justicia,
pero al mismo tiempo, avanzará en forma consensuada hacia una auténtica
reconciliación" (Programa de Gobierno, Sebastián Piñera 2010).
La ambigüedad de la última frase es evidente. Si los procesos por
violaciones a los derechos humanos están siendo vistos por la justicia,
¿de qué tipo de consenso se puede hablar? ¿Consenso entre quienes y
para qué? ¿Es posible reconciliarse socialmente a partir de una
estrategia de consenso político? ¿Existen reconciliaciones que no son
auténticas?
En la última encuesta nacional UDP 2009 (encuesta cara a cara con un
70% de representatividad a nivel nacional) preguntamos sobre la
percepción de la población sobre este sensible tema con el objetivo de
observar hasta qué punto la sociedad chilena acepta/rechaza las
políticas implementadas hasta la fecha en materia de derechos humanos.
Los resultados parecen bastante concluyentes: un 71,8% de los
encuestados se mostró de acuerdo con la afirmación que "en 1973 no se
justificaba violar los derechos humanos bajo ninguna circunstancia".
Asimismo, un 76,1% estuvo de acuerdo con la afirmación que el "general
Pinochet siempre supo de las violaciones a los derechos humanos".
En tanto, un 59,6% se muestra de acuerdo con la idea de "seguir
investigando hasta que se juzgue a todos los responsables". La
auto-identificación con los candidatos es una variable relevante a
considerar por cuanto mientras los partidarios de Arrate y Frei se
muestran de acuerdo con la anterior frase en más del 75% como promedio,
los partidarios de Piñera sólo lo hacen en un 40,7%. Chile sigue
estando dividido frente al pasado y aquella división tiende a
relacionarse con una variable política (la auto-identificación con el
eje izquierda derecha).
La más reciente noticia respecto del procesamiento de 6 personas por la
muerte del ex presidente Frei Montalva recoloca el tema de los derechos
humanos a pocos días de verificarse la elección presidencial. La
noticia tiene tres dimensiones a considerar: la primera de ellas-y
quizás la más relevante-es ética-moral. Hoy existirían pruebas fundadas
para plantearse la posibilidad de un planificado y cruel asesinato del
ex presidente Frei Montalva. De ratificarse esta acusación en los
tribunales, estaríamos en presencia de una barbárica práctica que ya ha
sido demostrada en otros casos.
La segunda dimensión se asocia con el valor simbólico de esta noticia.
Frei Montalva representa a una generación de políticos que promovió la
modernización del país en una década marcada por transformaciones
relevantes a comienzos de la década de los 1960s. Frei Montalva
representa a un Chile progresista que propugnaba el cambio social y la
reforma agraria, que se sumaba a una tendencia global de lucha por la
igualdad y las oportunidades sociales. Pese a que los tiempos sociales
han cambiado, Frei Ruiz-Tagle recoge el legado de su padre,
particularmente en los sectores sociales más rurales y apartados del
país.
El tercer aspecto se vincula con el valor electoral de esta noticia. Al
respecto, es poco probable que ello se materialice en estas elecciones.
El electorado de derecha difícilmente le dará su voto a Frei
Ruiz-Tagle. Asimismo, los sectores pobres y rurales ya tienen
comprometido su voto con dicho candidato. Quedan en disputa los
indecisos sectores de clase media-baja que muy probablemente no se
movilicen por el tema de los derechos humanos. Las lealtades
electorales ya están meridianamente definidas por lo que el impacto de
esta noticia va por otro lado: apela a un pasado cruel que no nos
abandona y a un personaje (Frei Ruiz-Tagle) que ha transformado sus
sensibilidades respecto del tema de los derechos humanos.
Con todo, esta decisión es un síntoma positivo del adecuado rumbo
tomado por los tribunales para enfrentar nuestro doloroso pasado.







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