Ricardo Manzi
No han sido pocos los
especialistas y los no tan especialistas, los conocedores y los no tan
conocedores como el suscrito- que han pretendido desentrañar el arcano
fenómeno del "populismo". ¿Es esta una expresión polisémica? Al parecer
sí, ya que nadie parece haber acertado a su singularidad esencial y,
como resultado de lo anterior, se ha intentado más bien estructurar una
lista de elementos que podrían configurar aquello presente en los
diversos experimentos considerados como expresiones de esa experiencia
"entrañable", religiosa y fantasiosa denominada "populismo" .
No obstante lo anterior, cuando se hace alusión al tema vienen
inmediatamente a nuestra memoria los casos de Juan Domingo Perón en
Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Velasco Ibarra en Ecuador, Haya de
la Torre en Perú y recientemente Hugo Chávez en Venezuela, por citar a
los más connotados del pasado y del presente de nuestro vecindario.
El discurso populista parece estar centrado siempre en dos sujetos, uno
singular: el conductor, líder o conducator, que algunos en alusión a su
salvífica intercesión han denominado "el hombre providencial"; ese ser
esclarecido y bondadoso que detecta las necesidades del pueblo, las
releva y urde un discurso destinado a satisfacer sus anhelos de
seguridad y progreso a cotas generalmente inalcanzables en plazos
breves, con medidas destinadas al rescate del alma y virtudes
nacionales, de las cuales es depositario el pueblo de su conducción.
Este es visualizado como aquél sujeto colectivo con singularidades
propias de la individualidad humana, tales como "el sentimiento
popular", "al decir del pueblo." Este sujeto colectivo denominado
"Pueblo" ("chusma querida"), requiere conducción para ponerlo a punto
contra sus antagonistas, esto es, "los otros", como el capitalismo, la
oligarquía, los migrantes, las transnacionales, "los otros políticos",
el statu quo.
El populismo hace su irrupción frente a crisis institucionales,
económicas y sociales. Podría sostenerse que modernamente aparece
frente a la crisis de la representación, es decir, cuando el sistema
político no da respuestas a las necesidades reales de la sociedad y
sólo manifiesta iniciativas destinadas a su propia reproducción y al
mantenimiento del status quo, que conducen a la desconfianza, al
descontento social y la marginación ciudadana de la actividad política
y de la cosa pública.
La emergencia del populismo actual en nuestro país, pareciera encontrar
su fundamento en una combinación de todas las anteriores, pero con un
predominio de esta última situación. Es decir, frente a una
Concertación agotada y desprestigiada, cruzada por rivalidades
intestinas que apuntan a la predominancia de un sector sobre el otro,
descartándose aquellas cuestiones que se estimaron esenciales en su
inicio y que no eran otra cosa que los anhelos parcialmente cumplidos
de libertad, igualdad y participación en el devenir del país. También
han aparecido otras cuestiones, que sino esenciales en la concepción
tradicional de la democracia, sí han ido adquiriendo vitalidad y
visibilidad, como son los intereses de las minorías, especialmente
aquellas que expresan el sentir más íntimo de la persona respecto de
sus proyectos de vida, los que comprenden un amplio espectro de
materias, como opciones sexuales y reproductivas, sentimientos étnicos,
visiones sobre el cuidado de la naturaleza y otras más difusas, que no
han sido recogidas o lo han sido insuficientemente por los diversos
gobiernos de la Concertación.
¿Qué caracteriza a un populista? Normalmente, este sujeto, a más de su
liderato político y social, se pinta a sí mismo como un individuo que
se encuentra fuera del sistema político (outsider) y que ante la
incongruencia que significa lo anterior, expresa que su proceder no se
ajusta al corriente de los políticos; el es un "político distinto", de
otro cuño, un hombre de valores inmanentes e incorruptible.
Si trasladamos esta breve síntesis a la realidad nacional,
encontraremos que frente a la crisis de la representación, a la erosión
creciente de sistema de partidos, a la entropía concertacionista y al
ofertón navideño que presentan las diversas candidaturas decembrinas a
la Presidencia de la República, al menos uno de ellos representa
claramente el perfil de este outsider calificado.
El discurso de todos ha seguido el blufeo poqueriano de las malas
cartas, donde uno ofrece volver a un pasado extinto, pero humano,
haciendo abstracción del modelo paradigmático de los socialismos
reales; otro, a un futuro mejor y posible vía administración eficaz del
Estado y el mercado que nos lleve al infinito; y, finalmente, uno que
apuesta a que podrá renovar la política de su conglomerado minando las
bases de sus burós políticos, terminando con las lealtades mercenarias
de sus operadores, sin monedas de cambio.
De todos ellos, es ME-O el que se ajusta -como se dijo -, de mejor
manera al perfil del populista, quién renegando de su pasado
concertacionista donde arriba a un cargo de representación ínsito en el
más cuestionado de los procedimiento de selección parlamentario. Es
decir, nominado como una determinación "al interno" y elegido de
conformidad a la inexorabilidad del sistema binominal, donde el
ciudadano simplemente cohonesta mediante la ratificación la figura
designada por el politburó.
Siguiendo su designio mesiánico, ME-O plantea un discurso abiertamente
hostil hacia la clase política "tradicional" y especialmente hacia la
coalición de la que proviene, para dejar sentado que él no es como
"ellos", ni comparte sus vicios antidemocráticos y para soslayar su
ilegitimidad de origen, invoca como lema de su campaña que "Chile
cambió y que él es el único político que cambió."
ME-O como todo populista busca la capitalización privada del malestar
más que justificado de la ciudadanía hacia la larga hegemonía
concertacionista que se "achanchó" en el goce del poder y sus prebendas.
Como todo populista que se precie, ME-O expresa con claridad el
discurso tipificado del populismo y se erige como el aspirante a
conductor de un pueblo que ha sido víctima de un enemigo insidioso: la
clase política y todas sus permisiones, especialmente la vergonzosa
satisfacción concertacionista de darnos una alicaída democracia
procedimental.
Desconociendo su pasado político inmediato y sus orígenes partidarios
que haría dudar a potenciales seguidores de embarcarse en una aventura
con un capitán sin timón, se viste con el ropaje de la conveniencia,
esto es, con la obra de la Concertación mostrándose como un continuador
de las políticas sociales de la presidenta Bachelet, como si su
gobierno se hubiere realizado a espaldas o a contrapelo de ese
conglomerado.
La Concertación efectivamente parece ser un proyecto político agotado,
que quizá se puede redimir si pierde el poder, pero el de ME-O es un
proyecto individualista, de quién fue entronizado por su familia
política dentro del vicioso sistema de reproducción de la Concertación,
que es lo que, entre otras cosas la terminó de erosionar. ME-O es un
proyecto mediático, más no un proyecto político; ME-O es el líder
carismático de náufragos de proyectos extintos o, simplemente de los
que andan a la caza de un ideario que suscribir y eso más bien, parece
populachero.







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