La
campaña parlamentaria, hasta ahora en un segundo plano, ha alcanzado
ribetes noticiosos inesperados. Por un lado, ante una presidencial
alargada a una segunda vuelta habrá expectación ese día en relación a
algunos resultados como las senatoriales de la III Región y en la
Novena Norte, o las candidaturas a diputados de Providencia, Las
Condes, Estación Central o Quilpué, donde están juego importantes
figuras políticas. En ese mismo lado también será una noticia como le
irá a los candidatos que han desafiado el binominal yendo fuera de
pacto. Como probó amargamente el Ministro de Hacienda en la pasada
discusión presupuestaria, la república parlamentaria ya está en marcha.
Pero la otra arista noticiosa han sido los enfrentamientos callejeros
entre brigadistas y las querellas y acusaciones mutuas entre candidatos
de la misma coalición.
El binominal ha extremado su crueldad, las peleas intensivas son al
interior de las coaliciones, que apoyan el mismo candidato
presidencial, y en teoría debieran defender un mismo programa. En ese
escenario, el esfuerzo del candidato debiera ser por diferenciarse de
su compañero de lista, mostrar a los partidarios de la coalición que es
el mejor representante de ella y a los indecisos que es una alternativa
válida y confiable más allá de las preferencias políticas. Pero esta
guerra no ha ocurrido en el escenario lógico que es el foro público,
sino en la propaganda visual de la calle, que debiera ser apoyo y no lo
principal en una campaña electoral. Según los registros de la prensa,
se han registrado incidentes por lo menos en 15 distritos, lo que
representa la cuarta parte del territorio, y se han dado con particular
crudeza en las zonas densamente pobladas, y asombrosamente, en los
distritos donde los electores tienen mayor acceso a los medios de
comunicación y por tanto a los mensajes de los candidatos.
Una primera explicación es la que han dado algunos comandos: ya no
existen los activistas voluntarios, sino profesionales de la propaganda
callejera y que estos incidentes corresponden a una guerra entre las
distintas empresas, que el asunto está fuera de control de los
candidatos y sus comandos, produciéndose un fenómeno de agente
principal, donde los intereses de los operadores de la propaganda
callejera es adueñarse del territorio, mientras que los de los
candidatos es lograr una mejor percepción por parte de los electores.
Si bien puede darse esta situación, hay otra tesis que vale la pena
reflexionar: el desprestigio de la función parlamentaria hace que lo
más fácil sea apostar a la sensación ganadora y sin duda a la
recordación de marca y asociación de su nombre con marcas más
reconocidas. De hecho no es casualidad que todos los parlamentarios de
la Alianza salgan en sus posters con Piñera, buena parte de los
candidatos de la Concertación y varios comunistas con la Presidenta
Bachelet. También llama la atención que las frases de muchos de los
candidatos corresponden a funciones que la Constitución chilena no
otorga a los parlamentarios sino al Poder Ejecutivo y las
municipalidades.
Esto hace que los candidatos a parlamentarios, salvo excepciones, les
cueste más hacer ver los atributos asociados a su marca, y más aún, el
atributo que permita diferenciarse de su compañero de lista, hablando
en términos de marketing. Esto es dramático para figuras emblemáticas
de la Alianza por Chile que se disputan los distritos más pudientes de
Santiago, que no han sido capaces de comunicar a la ciudadanía el rol
que juegan dentro de sus coaliciones y por tanto han apelado al recurso
fácil de la saturación excesiva de los espacios públicos.
Una situación similar ocurre en la Concertación en distritos de clase
media como Peñalolén o Melipilla, por mostrar dos distritos donde la
disputa electoral ha sido con un fuerte componente territorial, la
imposibilidad de mostrar a los electores del nicho concertacionista
cuál es la razón por la cual votar por uno u otro lleva a esta carrera
de palomas con altos costos para ellos y un sinnúmero de externalidades
negativas para los distritos a los que pretenden representar.
Una reflexión que habrá después de esta elección es el poco uso que han
hecho los candidatos de las nuevas tendencias en marketing que han
imperado y que en otras dimensiones se han traspasado al mundo
político. Conscientes que en el ruido mediático que vivimos hoy es muy
difícil transmitir mensajes directos y claros dando razones por las que
votar, se hacen necesarios otros medios de comunicación entre los que
se incluye desde el antiguo puerta a puerta hasta intervenciones
públicas amistosas con la comunidad como han hecho varias marcas al
organizar maratones. ¿Por qué los candidatos de perfil más ecologista
no han organizado siembras masivas de árboles, o quienes se preocupan
por la seguridad en vez de contratar vándalos callejeros no han
organizados con los vecinos acciones de ocupación de espacios públicos?
El uso de las herramientas tecnológicas por parte de los candidatos ha
sido muy pobre, varios de ellos entienden la comunicación electrónica
con la presencia de una página web estática que es una versión
informatizada de sus palomas y quienes se han atrevido a usar twitter o
facebook lo usan como megáfono o transcriptor de sus consignas y no
interactúan mayormente con sus electores o con el público en general.
Como siempre es bueno destacar las excepciones, valoro enormemente en
este tema a Nelson Ávila, Marco Enríquez-Ominami y Cecilia Morel.
Más aún, son pocos los candidatos que han dicho claramente como votarán
en temas claves como la reforma constitucional, las modificaciones
necesarias al estatuto docente, la deuda histórica de los profesores,
la modificación al marco regulatorio para incorporar energía nuclear,
la reforma tributaria necesaria para financiar la ampliación de la red
de protección social, su posición respecto de la píldora del día
después en los consultorios entre otros tantos temas que si han
aparecido en las propuestas presidenciales y que serán los temas que se
discutirán en los próximos cuatro años.
En vez de ello, los candidatos han recurrido a las añejas palomas, con
la vieja estrategia de saturación visual, muchas de ellas con un diseño
que raya en el mal gusto, en las cuales son muy pocos los que muestran
su afiliación política y ninguno cuál es su posición en los temas que
forman parte de la agenda de los candidatos y de los temas de los
cuales tendrán que pronunciarse. Sin duda que esta misma campaña no
contribuye en modo alguno a resolver el gran problema del Parlamento
que es su baja validación por parte de la opinión pública.
Parlamentarias 2009: añejas palomas
Comentarios de este artículo en RSS







Comentarios recientes
hace 1 día
hace 4 días
hace 4 días
hace una semana
hace una semana