Sergio Muñoz Riveros
Piñera
enfrentó la votación de ayer en un escenario inmejorable. Era el único
representante de la derecha y competía con un candidato
concertacionista y dos ex concertacionistas. Sin embargo, no apostó a
ganar en primera vuelta. La razón es obvia: no le alcanzaban las
fuerzas. Su votación fue muy inferior a la obtenida en 1999 por Lavín
en primera vuelta (47,51%), o a la que sumaron en 2005 él mismo y Lavín
(48,64%).
La celebración de anoche no basta, entonces, para ocultar la realidad
que Cecilia Morel, esposa de Piñera, describió crudamente el domingo 6
en El Mercurio: "La segunda vuelta presidencial va a ser muy difícil:
todos contra uno".
Efectivamente, la segunda vuelta generará una dinámica de polarización
muy inconfortable para la derecha. A partir de hoy, la competencia
entrará en el terreno de las definiciones tajantes.
Frei invitó a sumarse a esta nueva batalla a quienes votaron por
Enríquez-Ominami y Arrate, que en general expresan una sensibilidad
progresista, aunque manifiesten críticas a la experiencia
concertacionista. La mayoría de esos electores valoran los logros
sociales de estos años, aprecian lo hecho por la Presidenta Bachelet y
se ven a sí mismos en las antípodas culturales y políticas de la
derecha.
Ésta es, por lo tanto, la hora de la convergencia de todas las fuerzas
de centro y de izquierda, lo cual exige actuar con generosidad, pero
también con rigor. Frei debe acoger las ideas y propuestas de los otros
candidatos, pero tiene que hablarle a todo el país y no dar ninguna
señal de que ahora se inicia un período de enjuagues partidarios.
Tiene que encarnar un liderazgo fuerte e integrador, con sentido
nacional y visión de Estado. Debe ser visto como el garante de la
estabilidad, la gobernabilidad y el progreso social.
Pero Frei necesita representar también el espíritu autocrítico de una
coalición que debe reconocer sus insuficiencias. Tiene que impulsar la
renovación y dignificación de la política, abrir paso a las nuevas
generaciones en las funciones públicas y alentar la regeneración
democrática de los partidos.
¿Nos enfrentamos a un plebiscito sobre el rumbo del país? No es
exagerado plantearlo así. O se ensancha el horizonte del compromiso
nacional con la justicia social, que procura que los frutos del
progreso lleguen a todos, o se impone un experimento de destino
incierto, cuyo sello sería, en todo caso, la concentración del poder
económico, político y de los medios de comunicación en las mismas manos.
Hasta hoy, el candidato de la derecha se las ha arreglado para eludir
los cuestionamientos a su condición de "protagonista de la política y
activista de los negocios", como lo definió Andrés Allamand en otros
tiempos. ¿Es Piñera la persona apropiada para asegurar, por ejemplo,
que la Superintendencia de Valores y Seguros cumpla su tarea
fiscalizadora? ¿O para garantizar que el mercado funcione de modo
transparente? ¿O para proteger el interés público por encima de los
negocios privados? Todo eso, necesariamente, formará parte del debate
de la segunda vuelta.
Viene ahora una competencia muy dura. No es sencilla la tarea que tiene
Frei. Pero no lo es menos la de Piñera. Están claras las posibilidades
de crecimiento del candidato concertacionista. En cambio, son más
difusas las del representante de la derecha.
El panorama se ha despejado. Y eso ayudará a mucha gente progresista a
visualizar lo que realmente está en juego. ¿Será ahora más nítida la
percepción ciudadana de que Frei es el continuador de la Presidenta
Bachelet? Sin ninguna duda.






