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Progresismo post Concertación

Ernesto Aguila Z.

 

En la política hay acontecimientos que tienen una fecha precisa y definitiva, y que marcan el fin de una época y el comienzo nítido de otra, por ejemplo, el 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, hay otros hechos relevantes que van sucediendo a lo largo del tiempo, a cuentagotas con la historia, y que uno no logra percibir con exactitud cuando terminan por ocurrir. Un verdadero clásico de esto último es el infinito intento por fechar el llamado "fin de la transición chilena".

Con la Concertación ha ocurrido algo parecido: se ha ido agotando poco a poco como expresión cabal e integradora del progresismo chileno. O mejor dicho, hay más dinámicas políticas, sociales, culturales e intelectuales que pueden ser domiciliadas en la izquierda o centroizquierda de las que hoy están representadas en la Concertación.

En parte, ello se ha evidenciado en las tres candidaturas presidenciales en que se bifurcó el progresismo en primera vuelta y en la constatación de que su reagrupamiento en segunda vuelta no constituye un simple llamado a reingresar a la Concertación. Más que sentarse a esperar el regreso del hijo pródigo (en rigor, de varios), parece más sabio salir de la casa y enterarse de lo que está pasando allá afuera.

Es muy probable que en medio del vértigo electoral entre hoy y el 17 de enero, sea difícil asumir un proceso de la densidad histórica que significa abrir paso a una nueva etapa del progresismo chileno, incluso bajo nuevas fronteras y formas organizativas. Pero sería errado no comenzar a esbozar, aunque sea de manera precaria y germinal, en los discursos, hechos y gestualidades de esta campaña de segunda vuelta, la intención de comenzar a orientar los pasos en esa dirección.

En parte, este agotamiento de la Concertación responde a lo que se ha llamado "el fin de un ciclo histórico y el inicio de uno nuevo", marcado, porfiadamente, por tareas pendientes, pero mucho más por los objetivos del desarrollo y la construcción de una sociedad con mayor igualdad social, con más respeto y aprecio por su diversidad y pluralismo valórico y cultural.

Sin embargo, tan importante como lo anterior es hacerse cargo de una cierta crisis en "la manera de hacer las cosas"; en una forma de relacionarse entre el mundo político y los ciudadanos, caracterizada, muchas veces, por una autosuficiencia y lejanía tecnocrática, o por una verticalidad que va venciendo más que convenciendo, o bien dominada por formas de relacionarse burocráticas y rutinarias. Todas estas actitudes producen hoy un profundo rechazo en una ciudadanía más consciente de sus derechos y de su poder, y que aspira a un trato mucho más simétrico y horizontal con el mundo político.

Captar estas nuevas sensibilidades y abrirse a pensar un camino de conformación de una nueva mayoría progresista, más allá de las fronteras de la Concertación, es un desafío que se ha comenzado a dibujar y a imponer en el horizonte político junto con esta elección presidencial.

En todo caso, un observador atento y de buena memoria sabe que muchas de estas señales ya estaban presentes en el escenario político años atrás, antes de que irrumpiera el liderazgo de Michelle Bachelet a inicios del 2005, y que por sus especiales características y fisonomía, permitió a la centroizquierda renovar discursos y estilos, casi sin moverse de su escritorio.

Hoy el escenario es otro. Quienes saben de alquimia electoral dicen que quizás los números todavía alcanzan para un triunfo del progresismo en segunda vuelta. Pero lo que queda por ver es si la política estará a la altura de las premuras y complejidades actuales. Quedan pocos días para saberlo.

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