Medios de Comunicacion

La agenda del progresismo

Juan Sebastián Montes P., El Mercurio

 

Mucho se ha hablado de progresismo. Es hora de empezar a definirlo. No a la usanza de los años 60, sino asumiendo que estamos en pleno siglo XXI.

Ser progresista es una actitud insistente en tratar de mejorar las instituciones políticas, sociales y económicas para el bien común. Lo contrario es contentarse con el statu quo o con un mejoramiento lento y reactivo de las instituciones. Evidentemente, la palabra se hizo famosa cuando en la segunda mitad del siglo XX algunos peleaban por acelerar los cambios (izquierda), mientras que otros se empeñaban en evitarlos (derecha). El tiempo se ha encargado de ratificar lo contextuales y erradas que eran ambas posiciones. Entonces, ¿sigue siendo la titularidad del progresismo la izquierda y del conservadurismo la derecha? ¿Cuál es el papel de un discurso progresista?

En las últimas elecciones, los cuatro candidatos se podrían distinguir entre dos ejes: el cambio y la gobernabilidad o capacidad de ejecución de sus políticas. Claramente un candidato no representaba el cambio y no podía gobernar. Otro candidato representaba un cambio, pero no convenció en gobernabilidad. Un tercero convence que puede gobernar, pero no representa cambio alguno. Sólo un candidato convenció que representa un cambio y que puede gobernarlo. Si cabe un discurso progresista, debiera ser el de este candidato.

En el siglo XXI el progresismo deja de ser un adjetivo de izquierdas o de derechas, para convertirse en un acelerador de cambios dondequiera que éstos se encuentren, y cuyo objetivo -más que un eslogan de campaña- es mejorar significativamente la calidad de vida de las personas. Pero para que estas mejoras no sean puntuales es necesario fundarlas en principios consistentes y duraderos que han probado ser eje en las sociedades de mayor progreso. Principios como la protección de la vida y seguridad de las personas, la libertad, los derechos de propiedad, los cuales, junto al Estado de Derecho, son el fundamento de un progresismo pragmático, no ideológico.

En consecuencia, los focos de una política progresista debieran ser derrotar la pobreza y constituir una sociedad basada en la clase media, el mérito y el esfuerzo, de manera de ensanchar las libertades y potencialidades de las personas. El país no puede aspirar al desarrollo mientras haya pobreza, y para derrotarla hay que apuntar sin matices al crecimiento económico.

Poner en el centro del progresismo a la clase media no es un eslogan. En un mundo donde todos reclaman preferencias -las mujeres, la tercera edad, los estudiantes, etcétera-, sería sano fijar las prioridades en crear un país de amplia y robusta clase media. Para ello hay que apuntar a un ingreso per cápita de 20 mil dólares (PPA) y a una inflación contenida. Esto requiere políticas macroeconómicas que den estabilidad y un arsenal de medidas microeconómicas, como un mayor apoyo a las familias; reformar radicalmente la educación, la salud, la calidad de vida en los barrios y ciudades; un mercado laboral más flexible para incorporar a más jóvenes y mujeres; apoyo a las pymes, y favorecer la inversión, el ahorro y crecimientos significativos de productividad y competencia en todos los mercados. Abandonar la mediocridad, el clientelismo, la burocracia, la ignorancia, ha sido siempre la bandera del progresismo, y cuando más del 70% de los chilenos piensan que el éxito se debe al esfuerzo individual, lo que las instituciones deben hacer es darle alas a ese impulso creador de riqueza.

¿Por qué seguir aceptando que la brecha educacional se amplíe? ¿Que el Estado crezca donde no debe (Ej., educación), y sea pequeño y débil donde debiera tener más presencia (Ej., seguridad)? ¿Que en pleno siglo de la información sigan las colas en los hospitales, y no podamos controlar el tráfico o el crecimiento desmesurado de las ciudades? ¿Por qué aceptar un mercado financiero poco competitivo con los chilenos de clase media? ¿Por qué aceptar que se puede comprar el teléfono, pero no el número? ¿Por qué no mejorar las instituciones que protegen los bienes culturales y el medio ambiente? ¿Por qué Santiago ha de seguir siendo Chile? Al progresismo le sobra agenda.

El progresismo debe ser una actitud optimista y pragmática en las capacidades de transformar el país sobre la base de principios y acciones de políticas públicas eficientes. Es de esperar que un progresismo así gane las próximas elecciones presidenciales.

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS