Roberto Meza, Radio U. de Chile
La
segunda vuelta presidencial del 17 de enero próximo y las luchas que, a
propósito de aquella están viviendo las fuerzas políticas del país, ha
repuesto en los medios de comunicación una curiosa competencia por la
propiedad del concepto de "progresismo", instalado hace un tiempo por
sectores renovados de la izquierda PS-PPD, que, entre el
socialcristianismo DC y la izquierda marxista, buscaron en las últimas
décadas una nueva identidad que redefiniera una extendida apreciación
que los ubicaba en el ámbito de la socialdemocracia.
Por razones culturales e históricas, la izquierda chilena,
especialmente la de raigambre marxista, no tenía buena valoración de la
socialdemocracia. Los únicos orgullosos de tal tradición han sido los
más que centenarios radicales, que la reinstalaron en el nombre de su
partido refundado: Radical Social Demócrata (PRSD) y sectores renovados
del PS, que la re-significaron inspirados en la socialdemocracia
europea. Para el resto, la clasificación sigue siendo un trago amargo.
En efecto, para la mayoría de estos últimos, socialdemócrata implica
"amarillismo", recuerda al renegado Kaustky, al "reformismo" y, en fin,
a toda aquella cáfila "menchevique" que Lenin fustigó en la Rusia de
1905-1917. Autodenominarse socialdemócrata para viejos "bolcheviques"
no era una opción estética. Resurgió así la idea del "progresismo", una
forma de decir, "ni socialcristiano, ni marxista-leninista, sino
liberal y progresista de izquierdas". Buena salida significante, aunque
confusa en su significado. Tan confusa, que ahora el concepto ha hecho
impetuoso ingreso a las filas de la centro-derecha y en la búsqueda de
votantes de MEO, varios dirigentes de ese sector están impetrando para
sí los derechos de uso de la palabreja.
Históricamente el concepto "progresismo" surgió tras la Revolución
Francesa de 1789, comienzo del fin de la idea teocéntrico-estática que
había marcado el pensamiento europeo en la señorial-monárquica Edad
Media y que comenzaba a resquebrajarse en el contexto de la Revolución
Liberal del siglo XIX con la emergencia del paradigma
antropocéntrico-mecanicista-industrial, agrupando posiciones políticas,
filosóficas, éticas y económicas que designaban a los partidarios del
cambio social y las transformaciones económicas, políticas y culturales.
Frente a ellos, quienes estaban por el mantenimiento del orden vigente
fueron calificados como "reaccionarios" o "conservadores" y se incluía,
en ese conjunto, tanto a melancólicos del Antiguo Régimen monárquico,
como a proclives a distintas formas de "cambio a lo Gatopardo". De modo
amplio, las ciencias sociales llamaron al movimiento
liberal-progresista como "izquierda", aunque sustentada en los
principios burgueses en que se basó la Revolución Francesa.
Es decir, en su origen, mientras el término opuesto a "reaccionario"
era "revolucionario", el contrapuesto a "progresista" era
"conservador". A diferencia de estos últimos, los progresistas buscaban
"eliminar todo vestigio" que pudiera ser lastre para la condición
socioeconómica de ciertos colectivos. Y aunque los conservadores
estaban guiados por similares objetivos, intentaban alcanzarlos sin
hacer "tabula rasa" de las estructuras anteriores.
Los conceptos "revolucionario" y "progresista", si bien eran
prácticamente sinónimos en la primera mitad del siglo XIX, fueron
re-significándose a medida que se imponía la Revolución Industrial, y
sobrevenía la matriz sociológica marxista, que veía al capitalismo como
sociedad de clases, dividida entre burguesía y proletariado. Pero en
esos años, la burguesía aún lideraba las transformaciones sociales y
políticas contra los sistemas monárquicos estatistas, absolutos e
ilustrados en Europa.
A contar de las revoluciones populares-socialistas de 1848 en Alemania,
Austria, Francia, Hungría, Italia y diversos otros pueblos del viejo
continente, cuando ya se imponía ideológicamente el discurso de la
contradicción burguesía/proletariado, los "progresistas" burgueses
fueron abandonando la idea "revolucionaria" para identificarse con el
conservador concepto de "reformismo", otra fea palabra para la
izquierda tradicional, pero que se ha extendido hasta hoy para designar
tanto a los nuevos progresistas-liberales de izquierda como los
tradicionales de derecha. De allí pues, la competencia trabada entre la
Concertación y la Coalición, pues en ambos conglomerados operan
tendencias de aquella naturaleza.
En la actualidad, el progresismo ha seguido caracterizado por su
defensa de "nuevos tipos de libertades" como las ligadas a la identidad
sexual, derechos reproductivos, ecologismo, derechos animales y otras
tradicionales, como el laicismo. Se autodefine además tolerante con la
diversidad religiosa, la inmigración y el multiculturalismo. Este
"progresismo" ha sido menos claro, empero, en responder a preguntas
claves en economía: ¿qué es ser progresista en materia tributaria:
subir o bajar los impuestos?; ¿en el área social, un progresista debe
aumentar o disminuir la protección social?, ¿en lo ecológico, debe
estimular o rechazar la energía nuclear para no profundizar el cambio
climático? ¿ es más progresista quien está por la globalización o por
subgrupos regionales cerrados como Unasur? ¿Progresismo implica más
Estado y decisiones públicas o más mercado y decisiones privadas?
Es previsible pues que, junto a estas indefiniciones, otras existentes
en materia de fundamentos, importen un choque entre nuestros
"progresismos" y sus aliados cristianos, en ambas coaliciones. En
efecto, el Papa Benedicto XVI en su reciente encíclica, Caritas in
Veritate, dice: "el progreso, en su fuente y en su esencia, es una
vocación (un llamado)? Decir que el desarrollo es vocación, equivale a
reconocer, por un lado, que este nace de una llamada trascendente y,
por otro, que es incapaz de darse significado último por sí mismo (?).
El desarrollo humano integral ?continúa- supone la libertad responsable
de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho
desarrollo y progreso desde fuera y por encima de la responsabilidad
humana. Los mesianismos prometedores (?) basan siempre sus propias
propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo,
seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se
convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre,
reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de
quien acoge una vocación, se transforma en verdadera autonomía, porque
hace libre a la persona"? "Solo si es libre, el desarrollo puede ser
integralmente humano".
Hay aquí, pues, desde la vertiente cristiana, una idea del hombre
trascedente, respetable, autónomo, libre, el que, como tal, debe actuar
en el mundo basado en principios resultantes de fundamentos éticos como
amor al prójimo, la justicia y la verdad, que son sustento de un
progreso virtuoso, porque el hombre, desde la perspectiva de la
Iglesia, está llamado a "ser más".
Sin embargo, desde la perspectiva no cristiana, un progresismo
relativista, unido a una libertad puramente existencial, donde la
acción en el mundo no tiene más principios que los técnicos, ni más
visión que la inmanente, puede dar lugar a respuestas inhumanas en el
"proceso de eliminación de todo vestigio del pasado", como ya lo
mostraron progresismos ateos del siglo XX. Tal visión amenaza con
transformar el confuso progresismo del siglo XXI en un puro
"regresismo", razón por la que quienes polemizan por tomar estas
banderas, deberían develar a los electores si su idea de progreso está
fundada en unos u otros principios.







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