La
intervención de Vargas Llosa, el viernes -se reunió con Piñera, Edwards
y Ampuero para conversar acerca de la libertad-, debió poner en
aprietos a la derecha chilena.
Y es que el concepto de libertad que maneja el escritor no era el de la
mayoría de quienes le aplaudían (y no se sabe entonces si aplaudían de
corteses o porque no entendieron nada).
Para Vargas Llosa, la libertad equivale a la autonomía que una sociedad
democrática reconoce a sus miembros adultos en una amplia gama de
actividades que van desde los intercambios económicos a la vida sexual.
Así entonces, y justo porque defiende la libertad como gato de
espaldas, el escritor peruano es partidario del reconocimiento pleno de
los gays (aunque les recuerda que la ausencia de prohibición podría
matar el deseo); no vacila a la hora de distribuir la píldora del día
después (de hecho ha defendido la despenalización del aborto y
considera igualmente arbitrario obligar a abortar, que coaccionar a
alguien a mantener un embarazo); aboga por la más amplia autonomía
expresiva (no podría creer que en Chile se prohibían películas con el
aplauso de casi la mitad de quienes apoyan a Piñera); considera al
nacionalismo una variante de la barbarie (si le hubieran informado que
Piñera esgrimió el orgullo nacional para traer a Pinochet de vuelta, no
lo hubiera creído); es partidario de la neutralidad religiosa más
estricta (al extremo que ha defendido las sectas, poniéndolas al mismo
nivel que la Iglesia Católica); considera a Pinochet, con todas sus
letras, un tirano y un sátrapa (si supiera que entre los socios de
Piñera hay algunos que todavía lloran al general, pensaría que estaba
soñando); llama al régimen de Pinochet dictadura oprobiosa (¿qué diría
si supiera que entre los socios de Piñera hay algunos que fueron sus
funcionarios?); y cree que los golpes de Estado son un producto
latinoamericano tan nefasto como la coca (aunque esta última es algo
menos dañina).
La mayoría de los dirigentes de la derecha chilena habría crujido de
indignación si se hubieran enterado de lo que Vargas Llosa -con esa
elegancia que parece connatural al habla de los peruanos- quería decir
cuando pronunciaba una y otra vez la palabra libertad.
Y es que nada de lo que Vargas Llosa ha defendido con uñas y dientes
(desde antes de que Edwards escribiera "Persona non grata" y a décadas
de distancia de cuando Ampuero vio inflamarse el retamo al borde del
camino) lo cree la derecha en Chile.
Al revés de Vargas Llosa, gran parte de la derecha chilena, un puñado
de la cual estaba allí aplaudiéndolo, cree que el Estado si bien debe
abstenerse de intervenir en la vida económica debe, en cambio,
inmiscuirse en la vida afectiva y sexual de los ciudadanos.
Son esos sectores de la derecha los que se opusieron hasta el último
minuto a la ley de divorcio; los que siguen resistiendo, como si el
cielo se fuera a caer, la distribución de la píldora del día después;
los que serían capaces de incendiarlo todo si se despenalizara el
aborto; y los que piensan que hay ocasiones en que es correcto censurar.
Y entre quienes lo aplaudían –y al contrario de lo que cree el
espléndido escritor peruano– había quienes piensan que la Iglesia
Católica merece ventajas de parte del Estado y que equipararla con los
Testigos de Jehová es una ofensa; que la Nación es una entidad con
espíritu propio que, llegado el caso, hay que defender, a como de
lugar, de las ideas que la relativizan; que las violaciones a los
derechos humanos acaecidas en Chile no deben ser condenadas de modo
categórico; que la historia absolverá a Pinochet; y que la dictadura no
merece ser llamada dictadura, sino apenas un pronunciamiento.
No cabe duda.
Lo más llamativo del encuentro del viernes no fue la elocuencia de
Vargas Llosa -a su lado Edwards y Ampuero balbuceaban-, sino los
aplausos unánimes de esa audiencia, donde había gente que no creía, ni
nunca ha creído, y nunca creerá siquiera un ápice de lo que defiende el
intelectual que tenían al frente.
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