José Luis Rosasco, El Mercurio
Hagamos
un poco de memoria antes de entrar en tierra derecha. Hace ya más de
algunas décadas las izquierdas ostentaban una adhesión casi monopólica
en el mundo cultural y artístico. Las razones de tal realidad eran
principalmente dos, y quizá tres: 1. El imán valórico del humanismo
socialista, eficazmente seductor en su discurso solidario. 2. La
estrategia gramsciana dirigida al enganche de la intelectualidad, los
magisterios y los artistas cuyos efectos serían, como lo fueron,
multiplicadores en la entera sociedad. 3. La actitud pusilánime de las
derechas al ser estigmatizadas como capitalistas.
Pero las cosas empezarían lentamente a cambiar. Las primeras
decepciones y desafecciones en el mundo occidental provinieron del eco
de aquellos artistas que estaba sufriendo el socialismo real:
Solyenitzin, Pasternak, Kundera, entre otros distinguidos creadores,
fueron voces y escrituras absolutamente verosímiles e irrebatibles de
lo que estaba sucediendo en las llamadas democracias populares.
A este lado de la cortina se les había adelantado, sí, George Orwell
con su memorable diagnóstico "1984". Y en nuestros territorios
americanos empezarán a reaccionar intelectuales que en su momento
fueron entusiastas de la revolución cubana. Episodios arquetípicamente
patéticos como la confesión del poeta Padilla colman el vaso y alejan a
muchos de una revolución que se había anclado a sí misma en una redoma
represiva y asfixiante.
La revolución cubana estaba durando demasiado, una revolución no puede
prolongarse sobre el medio siglo; una evolución sí, pero jamás una
revolución de cuya esencia es la premura de la mutación que impone en
la sociedad. Una revolución que dura cincuenta años es una majadería
superlativa.
Y bien, derribado el muro y desplomadas las democracias populares desde
adentro de sí mismas sin que nadie desde afuera les metiera un tanque,
el mundo es otro. ¿Qué queda de aquellos socialismos? Sólo un par de
muestras residuales, la paradoja de un par de dinastías comunistas, la
que inauguró el muy amado líder Kim Il Sung que ya ostenta su tercer
heredero, y la gerontomonarquía de los Castro en el umbral de la UTI.
En consecuencia, la situación actual en el mundo es auspiciosa. Lo es
porque el triunfo de las libertades se conjuga sobre cimientos sólidos;
es decir, que descansa sobre consensos estables y no nos vamos a
referir aquí a Hugo Chávez porque el tema no es circense, aunque no
esté de más decir que los trapecistas allí están cayendo en cuenta de
que los están haciendo saltar al vacío, sin redes.
Y ahora Chile. Nuestro país se encuentra ad portas de un buen cambio.
Esto es lo que sencilla y esencialmente representa Sebastián Piñera: un
cambio saludable. No es que el país esté enfermo, no lo está, pero está
tiñoso, como apestado ¿o no? Y ¿qué puede esperar el país en materia
cultural durante su gobierno? La respuesta fluye y es clara como el
agua: sí a la jerarquía artística de los proyectos, sí a la
transparencia en las adjudicaciones, sí a la descentralización, sí a
entidades intermedias entre el hombre y el Estado que avalen las
propuestas, léase universidades, academias, asociaciones gremiales,
parroquias, corporaciones culturales municipales. Y por supuesto sí al
aporte del mundo empresarial privado. Y sí, viene bueno este año.
Felicidades.
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