Hace
unos días fuimos sorprendidos con la decisión del Gobierno de enviar
apresuradamente al Congreso un proyecto de reforma constitucional sobre
el régimen jurídico de las aguas, señalando que constituye la vía para
hacer frente a la escasez del recurso y para que el Estado garantice
bienes públicos.
La Sociedad Nacional de Agricultura considera grave este planteamiento
y altamente dañinas las consecuencias que puede acarrear para el
desarrollo económico del país y especialmente para los más de 300 mil
agricultores, propietarios y que utilizan día a día estos derechos de
aprovechamiento, de los cuales el 95% son pequeños y medianos.
Gracias a la legislación vigente, ha imperado la certeza jurídica
durante los últimos 25 años. Los agricultores, cualquiera sea la
dimensión de su explotación, son hoy los titulares de los derechos de
aprovechamiento consuntivo, permanente y continuo del agua y los únicos
que pagan al Estado por ellos a través de las contribuciones de bienes
raíces. Esta regulación ha sido fundamental para el salto que ha dado
la agricultura, que se refleja en aumentos del 1.900% en las
exportaciones del sector y más del 500% en las inversiones en riego,
entre otros importantes avances.
Sin embargo, esta seguridad -que constituye la gran garantía para las
inversiones-, es justamente la que se ve dañada con el proyecto del
Ejecutivo. La iniciativa plantea que por ley se regule la constitución,
reconocimiento, ejercicio y extinción de los derechos sobre las aguas
que se reconozca a los particulares. Con ello, el Congreso queda
facultado para disponer la pérdida de los derechos de sus titulares por
cualquier razón que estime, por simple mayoría e incluso con efecto
retroactivo, lo que obviamente conduciría a la absoluta precariedad del
derecho, sin siquiera mediar una fundada y lógica indemnización.
Nos parece una mirada de corto plazo pretender solucionar problemas
puntuales de escasez de agua con más discrecionalidad y leyes. Porque
en Chile, contrario a lo que se ha pregonado, existe abundancia del
recurso y un sistema de autogestión a través de las Asociaciones de
usuarios en la administración, que con algunos puntuales problemas ha
demostrado ser exitoso por casi 200 años.
Lo que necesitamos, en cambio, es una verdadera y adecuada política de
inversiones o concesiones para infraestructura de embalses, ya que sólo
entre la V y la VIII Región se pierden anualmente en el mar más del 70%
de las aguas superficiales a través del escurrimiento natural por ríos
y cauces. Una situación que no se daría si se realizaran inversiones
oportunas en estas obras de infraestructura que permitieran aprovechar
dichos recursos y utilizarlos en áreas tan diversas como la
agricultura, la energía, sanitarias, industrial, entre otras.
Esto no quiere decir que desconozcamos la existencia de situaciones
puntuales de escasez, de las cuales debemos hacernos cargo. Pero
creemos que la legislación existente tiene las respuestas adecuadas,
como crear comunidades de aguas que aboguen por una adecuada
proporcionalidad y la correcta operación del mercado. Por su parte, la
Dirección General de Aguas debe ser potenciada. Debe contar con más
recursos y capacidad humana para que vele realmente por el cumplimiento
de la ley, para responder a los requerimientos técnicos actuales y dé
castigo a los abusos, lo que hoy no es evidente.
Reformar una legislación que a todas luces ha sido uno de los factores
de éxito de la agricultura no es la solución para un problema puntual
en materia de agua. Por el contrario, es una grave amenaza al
crecimiento del país que afecta la capacidad productiva de los
agricultores y otros sectores y el valor patrimonial de sus
explotaciones que tienen en la certeza jurídica del agua uno de sus
insumos más relevantes.







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