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Playa tomada

Nicolás Copano, La Nación

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Cuando me llamaron para ir a buscar la Copa del Mundo junto a un grupo de periodistas, no me negué. Acabé en Sao Paulo, en una playa del Atlántico, sintiendo la felicidad más profunda. La sensación de escape. Solo contra las islas verdes y las casas de colores.

Nunca había ido a Brasil. Hasta cierto punto es como ese episodio polémico de Los Simpsons: un lugar desordenado, futurista, donde convive la miseria y la supervivencia con los helicópteros sobrevolando como mosquitos, donde los tacos hacen que demores una hora y media en una carretera que en Santiago no te quitaría 20 minutos. Un lugar donde ser pobre no es una tortura si vives cerca del mar. Un mar perfecto, regalo para un pueblo que sufre y a la vez gana con su cuerpo premios de oro. Un lugar donde parece ser que todo depende de todos, con gente que dice “bom dia” y sonríe frente a ti sin ningún sentido más que sentirse bien ellos mismos.

Brasil y su humedad. Cruzando la sierra desde la gran urbe uno encuentra neblina, truenos, granizo y desesperación. Y las casas medio armadas con niños mirando entre el calor como se calma la lluvia. Siempre es una postal, siempre es una guerra que recién terminó.

Si Buenos Aires es la postal de la ciudad europea derruida y Santiago el territorio plástico y ordenado con ciudadanos que sueñan con ser del primer mundo y votan como inquilinos, Sao Paulo es vegetación que brota por los poros de todo, donde descansan los consumidores de drogas duras entre colchones, y también cemento de las corporaciones. Todo es grande. Todo es un mall sin remodelar. Y eso lo vuelve hermoso, porque parece que no importa tanto simular.

Frente al mercado de Sao Paulo, un edificio recuerda la fragilidad de nuestras invenciones. “Está prohibido ingresar ahí”, me cuenta Flavio, el chofer que contraté para que me guiara por la ciudad profunda, la que está fuera del catálogo. Y la estructura está grafiteada y llena de vidrios rotos, pero se ve imponente.

“Los Jota son los héroes acá”, cuenta. “Manejan sus autos como si fueran sus hijos y son los que disparan a matar”. Son la brigada más hardcore de Brasil. Si aparecen “los ladrones se entregan porque saben que el final está cerca”, cuenta. En ese momento me acuerdo de la tele. La tele gigante. Cuando en la mañana el noticiario cuenta que un niño de 15 años mató a su hermana peleando por qué programa irían a ver a un canal. Sin filtro, sin decencia, recrearon el momento con estatuas digitales. Y al segundo apareció el carnaval. Con el Sambódromo preparado. Como una central de fiesta, de alegría, de “vivamos que todo se va al carajo”. Y detengo el Twitter, veo el gabinete y pienso lo mismo. Total todos los días, aunque simulemos, la miseria humana, la ignorancia y la tontera nos persiguen a todos. ¿Para qué vivir con cargo de conciencia? Deberíamos tener carnaval.

 

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