Medios de Comunicacion

El cambio en búsqueda de identidad política

Juan Francisco Coloane, La Tercera

Un mensaje clave en la campaña del presidente electo Sebastían Piñera,  giró alrededor de “forjar una administración pública más eficaz, transparente, y acabar  con el cuoteo político”.

Insistió en que la administración del estado pertenecía a todos los chilenos para servirlos y no que los partidos políticos se sirvan de ella.
El concepto prendió precisamente porque se observaba que los estancos de clientelismo político le hacían daño al patrimonio  de una función  – la pública- que le pertenece al ciudadano.

Piñera piensa que el rigor de la gestión empresarial, especialmente en el sector privado, mejora la administración del estado. Los que reclaman que en su gabinete escasea la política y los soldados de terreno, ven en ese énfasis un problema. 

Un periodista ironizó: “Es la primera vez que muchos de los nombrados pisan la Plaza de Armas”. Otros opinaron desde una sociología muy arcaica acerca de la conducta de las clases sociales, condicionando la visión y las capacidades a determinada clase social e ideología: “Siendo rico y de derecha la sensibilidad para beneficiar a los más pobres es inviable”. 

De pronto, la desprestigiada política surgía de las cenizas y los parlamentarios y sus partidos políticos aparecían como las entidades eficaces para fiscalizar el uso del bien público.    

Sin embargo, la crítica que proviene de algunos arquitectos de la campaña de Sebastián Piñera, es más preocupante.

Al haber vencido con una estrecha mayoría (3.2 por ciento), los síntomas de oposición al interior de su coalición,  podrían estar denunciando diferentes percepciones acerca de cómo (aprender a) gobernar y remediar la fragilidad inherente de una leve mayoría que no puede exhibir inconsistencia.         

Estos descontentos precoces, le exigen al líder espacio para sus propios diseños internos. Insisten en la fuerza estamental del partidismo, mientras detrás del argumento de la  política reluce el predicamento: “Este terrenito para mí,  este otro para el otro y para el otro…”.

Son los espacios para negociar donde se manifiesta la apetencia por la fábrica de poder que es el Estado, que continúa siendo el empleador más poderoso y estable aunque no necesariamente el de mejores remuneraciones.

Cerca de 98.000 (97.776. GOCH) son los funcionarios a contrata a disposición de la nueva administración, además de otras decenas de miles en régimen de honorarios,

Es así que se constata cierta inconsistencia entre el concepto que llegó al elector y lo que se vislumbra de los reclamos para el regreso de la política en los asuntos de estado, un eufemismo para acceder al botín de los ministerios y otras reparticiones.  

Bajo esta presión, la aspiración de mejorar una administración pública vapuleada por la política, se transforma en un ejercicio metodológico casi imposible, precisamente por tener inserta en la toma de decisiones a la política que fue derrotada. 

El diseño de una administración menos expuesta al pugilato por la supremacía partidista y más descontaminada del influjo tóxico, en pocos días pareciera desarmarse, aunque cualquier conclusión de un análisis prospectivo es prematura.

El problema subyace en dos ejes de identidad que son los más comunes y que se contraponen, aunque el político intenta su coexistencia.

Un eje es la identidad del político absorbido en el manejo de los problemas (la contingencia), y en entregar gratificaciones o soluciones inmediatas a las personas.

El otro, es el de la identidad con el gran tema pendiente: “A qué sociedad aspiramos”, donde se ubica al político reformista del sistema.

Enfrentar problemas con gratificaciones inmediatas no conduce siempre a desarrollar la aspiración mayor. 

Una administración más eficaz y neutral respecto a los partidos, podría aparecer banal  frente  a estos temas, sin embargo fue el mensaje que le dio el plus a Piñera en la voz del elector: “Por favor, mejorar al menos la administración pública. De allí partimos para imaginar qué sociedad queremos”. 

En esta demanda existe una clara definición de identidad.  Podría ser más que razonable que se lograra apenas ese objetivo.  

Y está la otra con el otro objetivo. Está demostrado que la política de los últimos 25 años, desde las bases del estado liberal no puede sustentar políticamente el sistema económico impuesto en la década de los 80. El estado liberal aspira a la justicia social y la matriz económica sin cambios no lo permite

El presidente electo no puede reinventar la política sin hacerle modificaciones a este sistema.  Allí tiene el nuevo presidente su gran desafío y es la otra identidad.

Estas identidades no se contraponen.

Jacki
Jacki dijo : I'll try to put this to good use immeidately.
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13/12/2011 a las 5:18, CLSTResponder

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