Patricio Zapata, El Mercurio
La política tiene distintas dimensiones. Está la contingencia pura, la que se alimenta de aciertos comunicacionales, muñeca política, suerte y chascarros. Hoy escribo, sin embargo, sobre la política de los tiempos largos, esto es, aquella que, fuertemente condicionada por los ciclos económicos y los cambios culturales, se forja a partir de los diagnósticos, las estrategias y los liderazgos.
La economía debiera marchar bien los dos próximos años. Este dato, que es una muy buena noticia para todos los chilenos, especialmente después de la crisis de 2009 y el terremoto, tendrá previsibles efectos políticos. Aun cuando el actual gobierno tendrá poco o nada que ver con ese resultado, podrá, qué duda cabe, obtener algún rédito electoral de la mayor actividad y los nuevos empleos. Lo que no garantiza el crecimiento anual del PIB, sin embargo, es que la derecha pueda proyectar y ensanchar el triunfo estrecho logrado el 17 de enero recién pasado. Para que ello ocurra tendrían que pasar dos cosas: una profundización de las divisiones en la Concertación y la consolidación de una derecha realmente competitiva.
No puede negarse, por supuesto, que la Concertación sigue todavía en el estado de estrés postraumático en que la dejó la pérdida del poder. El punto interesante es que las tensiones que la vienen debilitando desde 2008 no se han traducido, como muchos esperaban, en una explosión terminal. Esta unidad, aunque por ahora sólo sea para criticar, ha sido posible gracias a los ex presidentes, a la vocación concertacionista genuina de los liderazgos emergentes (en este sentido, las buenas noticias son que ME-O no supo qué hacer con el 20 por ciento que sacó en diciembre, y que Carolina Tohá ganó en el PPD) y -por qué no decirlo- a la torpeza de un gobierno que oscila erráticamente entre la retórica de la unidad nacional y las campañas orquestadas contra Michelle Bachelet.
Mientras tanto, sigue congelado el viejo anhelo de una derecha democrática y liberal que le haga el peso a la UDI. De hecho, hace tres semanas fracasó estrepitosamente el intento del piñerismo, incluidos varios ministros, por poner en la presidencia del partido del Presidente de la República a una persona que represente un poquito de modernidad. Y así como hay que agradecer a Carlos Larraín la franqueza con que defiende los puntos de vista que legítimamente sustenta, no puede sino constatarse que no hay avance posible hacia el centro político -la fantasía de Piñera y Allamand- desde una RN que elige, abrumadoramente, posturas ultraconservadoras y todavía ancladas en la Guerra Fría y el pinochetismo.






