Hector Aguilar, La Tercera
¿Hay algo que defender del régimen cubano? ¿El paso del tiempo sobre su
aberrante excepción dictatorial, en un continente de imperfectas pero
ejercibles democracias, no es suficiente para exhibir la monstruosa
vejez del sueño que hizo nacer a la Revolución Cubana en los años
sesentas del siglo pasado?
La manifiesta estolidez de las
coartadas patrioteras y la lista de culpables históricos de La Habana
castrista -el bloqueo, el imperialismo, los gusanos-, ¿no bastan
todavía para exhibir la indigencia mental de ese régimen político, sus
catastróficos resultados en todos los órdenes luego de 60 años de
opresión, empobrecimiento, deterioro, corrupción y esperpento?
¿No
basta que añadan a su lista de culpables la "responsabilidad de Estados
Unidos" por la muerte voluntaria de un preso político, Orlando Zapata,
albañil y negro, pobre de solemnidad, preso por efecto de la estupidez,
la impunidad y la vesania del régimen, quien se deja morir en la más
alta y digna protesta final que es posible ejercer contra la muralla
ciega, sorda y zafia de la tiranía cubana?
¿Estamos obligados a
darle la mano a este museo vivo del horror político, a cuenta de una
supuesta solidaridad con el pueblo cubano o a cuenta de esa
esquizofrenia idiosincrática, supuestamente latinoamericanista, que
sigue viendo en lo que pasa en la isla una epopeya de dignidad
nacional, una raya de fuego pintada ante el imperialismo yanqui, cuyas
consecuencias nos enorgullecen en lugar de escandalizarnos?
¿No
alcanzan el realismo político ni la solidaridad moral para admitir que
Cuba ha llegado a un pozo de miseria y opresión al que ningún país
latinoamericano quisiera llegar?
Se habla de que el
Presidente de México, Felipe Calderón, prepara una visita oficial a
Cuba. Para muchos ha sido suficiente disgusto verlo, en una reciente
cumbre latinoamericana, dando la bienvenida a Raúl Castro a una
asamblea cuyo propósito declarado es construir un continente más
próspero y más libre.
Ha sido suficiente fiasco también ver al
Presidente de Brasil visitar La Habana en los días en que moría Orlando
Zapata sin levantar un dedo por su horrendo destino.
Para
muchos, entre los que me cuento, sería materia de vergüenza nacional
ver al Presidente de México viajar a La Habana y hacer ahí lo que ha
hecho el Presidente Lula.
Ya está bien de esta Cuba. No pido una
declaración de guerra política ni una diplomacia activa contra la isla.
Pido, simplemente, la suspensión de una complicidad.







En América Latina las viudas de la dictadura y del comunismo todavía sobreviven. No perciben que el mundo cambió. Son las plañideras del Museo de la izquierda.