Hernán Büchi, El Mercurio
Un ave muerta producto de la contaminación es una imagen potente, que copa los noticiarios y moviliza a los jóvenes que aman la naturaleza. Un niño que muere por falta de atención médica, porque vive en una localidad aislada, no capta la misma atención. Pero la pavimentación de un camino, la llegada de la electricidad o la posesión de un vehículo gracias al empleo que obtuvo un miembro de su familia pueden ser la consecuencia de la construcción de una central eléctrica.
En el caso que nos preocupa, Barrancones, la central proyectada, estaría a 25 kilómetros del santuario donde habitan los pingüinos; de modo que lo más probable es que no hubiera muerto ninguno, dado que las tecnologías actuales contaminan más de 20 veces menos que antaño. El menor desarrollo como consecuencia de la no construcción de la planta afectará en cambio con certeza a los pobres de esa zona.
La caricatura pone a la gran empresa enfrentada a la
naturaleza. La verdad es más compleja que eso; el desarrollo crea
caminos, energía, empleos y mucho más, y eso favorece fundamentalmente
a los pobres.
De hecho, la Cuarta Región, con un 16,57%, es la sexta más pobre de
Chile según la Casen del año 2009, bastante por sobre el 15,1% promedio
nacional.
Todo lo que hacemos altera el medio ambiente, y algunas de esas acciones causan perjuicios importantes; de modo que está bien tener legislación que evite los daños cuando los costos son muy altos y mayores que los beneficios de llevar adelante un proyecto. Pero tenemos que ser equilibrados, porque la pobreza es, en definitiva, el mayor contaminante. El Golfo de México, aun después del derrame de petróleo de BP, está probablemente menos contaminado que el Golfo de Bengala. El problema ambiental más importante en Chile es la contaminación intradomiciliaria por el uso de la leña o el carbón, combustibles baratos que emplean quienes no tienen acceso al gas u otro energéticos de mayor costo. A mayor pobreza, mayor contaminación. De eso se habla poco; las redes sociales no se conmueven por ello.
Desgraciadamente, la discusión actual en Chile no va al tema de fondo. Nuestro problema más importante es la pobreza y la falta de desarrollo. Chile necesita construir todos los años plantas de la capacidad de generación de Barrancones si queremos responder al aumento de la demanda energética, que se duplica cada diez años. Eso para que los precios no suban desde un nivel que ya es significativamente más alto que hace tres años, lo que ha restado competitividad a nuestra economía. Este incremento de los costos de la energía es producto, entre otras cosas, de la lentitud en la aprobación de nuevos proyectos.
Las únicas tecnologías capaces de generar las cantidades que el país requiere son las hidroeléctricas, las termoeléctricas o las nucleares. Las llamadas energías renovables no convencionales, como la eólica, solar, geotermia u otras, son capaces de hacerse cargo de cerca del 5% de las necesidades del país, aun recibiendo importantes subsidios. El costo de generar la energía que habría provisto Barrancones con cualquiera de esas tecnologías alternativas sería más del doble de la termoeléctrica. La seguridad energética, por su parte, sería mucho menor, porque esas tecnologías no son capaces de sostener el suministro en forma continua, como sí lo hacen las tradicionales. Desgraciadamente, en la discusión planteada por los opositores al proyecto no están estos números ni ningún otro; su postura raya en la utopía. Uno no puede oponerse a cada una de las plantas eléctricas que son capaces de generar la energía que Chile necesita para desarrollarse simplemente porque quiere proteger sin límites la belleza escénica de su entorno. Si lo hace, se está haciendo cómplice de una agresión de las élites contra los pobres.







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