Medios de Comunicacion

El menor de dos males

James Ferguson, Prospect

Suele decirse que todas las contrainsurgencias terminan en negociaciones con el enemigo. Después de nueve miserables años de lucha en Afganistán, hay señales de que la guerra ha entrado a su fase final. La estrategia de la OTAN está vacilando y no menos desde la divulgación no autorizada de miles de documentos militares estadounidenses en el web de Julian Assange. Entre otras perturbadoras revelaciones supimos que, desde 2004 a 2009, las fuerzas de la OTAN estuvieron implicadas en 144 incidentes “azules sobre blanco” (jerga militar para matar civiles por error), ninguno de los cuales había sido informado. Los nuevos medios noticiosos han traído una nueva era de guerra. Podría ser que nunca más sea posible, como aconsejan los manuales del Ejército de Estados Unidos, “controlar la narrativa” de una contrainsurgencia.

Se suponía que el incremento de tropas estadounidense pondría a occidente en una posición de fuerza a partir de la cual iba a dictar sus términos de negociación. Pero ese enfoque militar no está funcionando y los generales ya no pueden acelerar su vía al éxito. La paradoja de Afganistán (una que también confundió a los soviéticos en los ’80) es que mientras más tropas y recursos se inyecten, más determinados a resistir parecen los insurgentes. De manera que mientras más combates haya, más civiles mueren y más débil se hace la posición negociadora final de occidente, a medida que perdemos aún más los corazones y las mentes locales.

El mes pasado, en el distrito de Nad Ali de Helmand, escenario de la última operación de la OTAN, residentes entrevistados por la BBC fueron unánimes en su deseo de que el Talibán esté a cargo, en vez del Presidente Hamid Karzai o sus sostenedores de la OTAN. No es difícil ver por qué. La presencia militar occidental ha traído pocos beneficios económicos y mucho sufrimiento civil. Según la ONU, más de mil 250 civiles fueron muertos en la primera mitad de 2010, un incremento anual de 30%, lo que lo convirtió en el período de seis meses más mortífero de la guerra.

El Presidente Barack Obama podría haber visto por fin la luz. “Hay un cambio de mentalidad en DC”, dijo hace poco un alto funcionario de Washington a The Guardian. “No hay una solución militar. Eso significa que hay que encontrar algo diferente”. Específicamente, conversaciones con el liderazgo talibán, el primer paso hacia un acuerdo negociado que, hasta ahora, Obama se ha negado desafiantemente a dar.

BESTIAS DIFERENTES

Las posiciones de ambas partes están claras. “No olvidemos por qué estamos en Afganistán”, dijo en noviembre de 2009 el comandante estadounidense en ese país, el general David Petraeus. “Es para asegurar que este país no puede convertirse nuevamente en un santuario de Al-Qaeda”. El Talibán, por su parte, quiere el retiro de todas las tropas extranjeras y una Sharia-ización de la Constitución elaborada, con ayuda occidental, tras el acuerdo de Bonn de diciembre de 2001, que siguió a la invasión estadounidense. La condición de “fuera las tropas” debiera ser fácil de cumplir, dado que eso es también lo que occidente cada vez más quiere. La razón más frecuentemente dada para quedarse es que Al-Qaeda regresaría si nuestros militares se van.

Pero los talibanes y Al-Qaeda son bestias diferentes. Al-Qaeda busca la destrucción de occidente con el terrorismo internacional. Los talibanes, cuya agenda es exclusivamente doméstica, no desean atacar a occidentales. Hasta ahora no ha habido una sola bomba talibana en occidente. El mollah Omar, el escurridizo y tuerto líder del movimiento, albergó a Bin Laden desde 1996, pero no tomó parte en los ataques que su huésped lanzó a través del mundo, incluyendo el 11 de septiembre de 2001.

La justificación de la OTAN para quedarse se basa en dos presunciones cuestionables: que Bin Laden quiere realmente regresar y que un Talibán reinstalado recibiría de vuelta a Al-Qaeda. La decisión del mollah Omar de proteger a Bin Laden en los ’90 condujo a la caída de su régimen, un error que él sería demente de repetir… y cualquier cosa que sea, Omar no es ningún loco. Su tolerancia a Bin Laden se debió menos a una ideología compartida que a la tradicional obligación pashtún de otorgar santuario a cualquiera que lo pida. También necesitaba el dinero de Bin Laden, porque su régimen, repudiado por la comunidad internacional y debatiéndose bajo sanciones de la ONU, estaba en bancarrota.

Occidente vio erróneamente al Afganistán de Omar como un Estado auspiciador del terrorismo, cuando era un estado auspiciado por terroristas.

ZAEEF, EL TECNO-MOLLAH

El mollah es la clave para negociaciones exitosas. Sigue siendo el líder indisputado de los talibanes, y la insurgencia en el sur de Afganistán, así como la administración talibana en la sombra que ahora opera a través del país, aún son dirigidas en gran parte por su consejo de gobierno, la Shura de Quetta. Omar no ha aparecido en público desde hace muchos años. Pocos occidentales lo han siquiera visto desde los ’90, lo que hace difícil iniciar un diálogo con él.

Hay, sin embargo, cerca de una docena de altas figuras del Talibán en Kabul que son más accesibles: el así llamado “Talibán reconciliado”, una cofradía de hombres que probablemente desempeñen un rol crítico de mediación con la Shura de Quetta cuando llegue el momento. Entre ellos está el mollah Abdul Salam Zaeef, de quien mucha gente cree que podría resultar el más útil mediador de todos. Uno de los aproximadamente 30 padres fundadores del Talibán y estrecho amigo de Omar, Zaeef sirvió como ministro de Gobierno y luego como embajador talibán en Islamabad antes de ser arrestado y enviado a Guantánamo durante cuatro años en 2001. Una gentil figura intelectual de anteojos con una tendencia a los adminículos de Internet (sus amigos lo llaman el tecno-mollah) Zaeef fue puesto bajo arresto domiciliario tras su regreso a Kabul en 2005. Hasta hace poco, las sanciones de la ONU le impedían viajar al extranjero o abrir una cuenta bancaria. Le pregunté en marzo si pensaba que Omar querría o podría mantener a Al-Qaeda fuera de Afganistán como parte de un futuro arreglo. “Estados Unidos”, replicó, “tiene aquí un solo derecho: a recibir la garantía de que ningún país será jamás atacado desde estas fronteras, tal como nosotros tenemos el derecho a no ser atacados por Estados Unidos en el futuro. La soberanía debe ser respetada. Si hay negociaciones, estas garantías debieran ser su foco”. ¿Podrían los talibanes ofrecer esa garantía? “El mollah Omar la grabaría en piedra”.

HORA DE CRUZAR LA REJA

Una de las condiciones de EEUU para la reconciliación política es que el Talibán acepte guiarse por la Constitución de Bonn. Esa condición debiera ser simplemente dejada de lado y elaborarse una nueva Constitución, porque el Talibán nunca aceptará esta tal como está. Esto no es ni tan dramático ni tan peligroso como suena: Afganistán ha tenido seis constituciones desde los ’20, por lo que no hay razón para considerar que la actual es inmutable. El Talibán quiere también un sistema de justicia basado en la ley de la Sharia, cuya aparente dureza espanta a los liberales occidentales. Y, sin embargo, no parecemos tener problemas con otros gobiernos gobernados por la Sharia, como Arabia Saudita.

En todo caso, ¿quiénes somos nosotros para dictar esas cosas? Para que alguna vez las negociaciones tengan éxito, occidente, y en especial EEUU, deben aprender a mirar al Talibán a través de ojos afganos. El régimen del mollah Omar, entre 1996 y 2001, nunca fue tan malo como se le mostró. La mayoría de los occidentales lo vieron desde el comienzo como el epítome del fundamentalismo islámico: represivo, anti-democrático y atrasado. Pero eso ignora el contexto en que surgió el movimiento talibán, en Kandahar, a fines de 1994. La retirada soviética en 1989 fue seguida por cinco años de guerra civil cuando los vencedores mujahidines compitieron por la supremacía. Parte de esta matanza intestina fue peor que cualquier cosa de lo sufrido bajo los rusos.

En los primeros seis meses de 1994, fueron muertos 25 mil civiles en el fuego cruzado sólo en Kabul. La primera razón de ser de los talibanes fue detener esta violencia y lo consiguieron brillantemente en esas partes del país que cayeron bajo su control. La seguridad lo es todo para los afganos, un pueblo que no ha conocido nada sino la guerra desde fines de los ’70. La represión contra las mujeres y el ataque contra ciertas libertades fue un precio pequeño a pagar si detenía las violaciones y las matanzas generalizadas que precedieron al Talibán. Seguridad, ley y orden, corrupción, hasta amapolas: se puede sostener que los talibanes manejaron estas cosas mejor de lo que occidente ha hecho desde 2001. No es de extrañar que muchos afganos vean el regreso de los talibanes como el menor de dos males. Por supuesto, occidente estaría corriendo un riesgo al decidir confiar en sus actuales adversarios. Pero es hora de que Washington y Londres crucen la reja. A fines de julio, el mollag Zaeef y otros pocos ex funcionarios talibanes fueron finalmente sacados de la lista de sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La iniciativa fue apoyada por Karzai y es alentador que Washington no la objetara. A Zaeef se le permite ahora abrir una cuenta bancaria y viajar al extranjero. Cosas pequeñas, quizás; pero para que funcione la reconciliación, el odio, el miedo y la sospecha deben ser primero reemplazadas por el respeto, la confianza y la buena fe. Y el levantamiento del estatus de paria de Zaeef tiene un inmenso valor simbólico; una evidencia de que occidente está finalmente preparado para empezar a tratar nuevamente a los talibanes como seres humanos, un primer paso crítico hacia la paz.

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